¿Qué tenía de positivo y qué de negativo rentar una película?

Década de los 90. Viernes. Para quienes éramos niños en ese entonces, era un momento mágico. Seguramente, papá o mamá te llevaran al videoclub más cercano a tu hogar y te dejaran elegir una, dos o tres películas para ver el fin de semana en tu reproductor de VHS mientras descansabas de la escuela. Luego de verlas (¡y rebobinarlas!), a los pocos días, mamá o papá las devolvían al mismo videoclub y a la semana siguiente se repetía la historia.

Rentar películas en formato físico forma parte de la identidad de la generación millennial y de las anteriores. Las nuevas generaciones, centennials y/ o generación Z, ya no gozaron de ese privilegio. Para ellos, el universo del streaming es un desarrollo natural y parte de su día a día y no faltará aquel que ni siquiera sepa lo que era un Blockbuster. Sin embargo, este ritual que la memoria ha convertido en un recuerdo añorado, no era únicamente una experiencia positiva, ya que también tenía sus contrapuntos. Analicemos juntos los beneficios y las contras de rentar películas.

Antes de empezar a analizar lo positivo y lo negativo de rentar películas, debo admitir que soy millennial y que, quizás, mi juicio, también se vea teñido por la nostalgia de la infancia. Yo era una de esas niñas a las que sus padres (mi padre, en general) llevaban al videoclub a rentar películas para pasar el fin de semana tranquilas. Y fue allí, en esos viajes al videoclub, donde aprendí a querer el cine como un medio para vincularme con mi papá que hasta hoy sigue funcionando. Allí vi lo que él elegía y escuché lo que él me recomendaba y, juntos, vimos nacer mi propio gusto, mi propia forma de mirar cine.

Y eso era uno de los puntos positivos de rentar películas: como no podíamos llevárnoslas todas (al menos, no todas juntas), debíamos elegir muy bien. El proceso de selección de cada uno se volvía minucioso y anticipatorio. ¿Qué querré ver este fin de semana? ¿Un drama? ¿Una de acción? ¿Una de terror? Las limitaciones (ya fuera por cuestiones monetarias, por la cantidad de copias que hubiera en el sitio de alquiler, etc.) nos hacían ser más exquisitos. No le dábamos play a cualquier cosa que un algoritmo eligiera por nosotros, nos poníamos detallistas y muy pocas veces seguíamos una “corazonada” para probar algo nuevo.

Y quizás, en ese aspecto positivo, esa decisión consciente de qué queríamos ver, también podemos encontrar algo negativo. Esas mismas limitaciones que nos hacían elegir minuciosamente qué íbamos a ver, no nos alentaban a arriesgarnos. ¿Para qué mentir? Íbamos a por lo seguro, las películas que ya alguien nos había recomendado, los grandes estrenos de la semana, los nuevos filmes de actores y actrices que nunca nos fallaran. Así, quizás, muchas películas excelentes nos pasaron por el costado, sólo porque no teníamos referencia de ellas y no podíamos arriesgarnos.

Fuente: Bruno Guerrero en Unsplash

Por otro lado, como contaba anteriormente, rentar películas era un ritual. Un ritual en el que, en general, participaba toda la familia. Ver una película era una ocasión especial y no una mera forma de llenar el tiempo libre. Nos reuníamos alrededor del televisor, con palomitas o chocolate o lo que a cada uno le gustara más, y disfrutábamos de ese momento, que no iba a volver a repetirse hasta que fuéramos nuevamente al videoclub.

Hoy en día, el streaming, ha matado un poco esa noción. La inmediatez de tener todo a disposición con solo prender la tele nos ha quitado la idea de ritual que rodeaba a ver películas rentadas. De alguna manera, ese ritual era una versión mínima, reducida, de lo que vivimos cuando vamos a las salas de cines.

Fuente: Patrick Tomasso en Unsplash

Claro que, también, rentar películas tenía sus aspectos negativos. Por un lado, había que disponer del tiempo de ir al videoclub y, una vez allí, tener la fortuna de encontrar justo aquello que queríamos. Si se trataba de un estreno, era probable que no lo consiguiéramos. De hecho, si no vivíamos en zonas céntricas (como me sucedía a mí), la cantidad de copias de cada película era mínima así que a veces era difícil encontrar justo lo que uno quería.

Si, además, nos remontamos a la época del VHS, todos hemos sufrido la maldición de la avería de alguna cinta tragada en plena reproducción por la casetera. Ahí sí, había que recurrir a los destornilladores y a la paciencia para reconstruirla y rogar que no se hubiera cortado para poder devolverla al videoclub.

Fuente: Jeremy Bezanger en Unsplash

No quiero demonizar el streaming. De hecho, me encanta y me sorprende cada día tener a un clic de distancia un mundo entero de películas. Pero, si me preguntan a mí, un poco extraño esos viernes de ir a buscar películas de la mano de mi padre. Pasear entre las góndolas, estudiar las portadas, leer las sinopsis, reconocer rostros de actores y actrices y sentirme atraída por ellos, festejar cuando conseguíamos el estreno deseado. Será que todavía creo en la experiencia del cine como una especie de ritual, que podemos hacer solos o acompañados, al que hay que dedicarle tiempo, paciencia y concentración. Todo eso, rentar películas, nos lo daba.

Spoiler Show #11