El cine catástrofe es un placer (quizás culposo, quizás no) que muchos espectadores compartimos. ¿A quién no lo ha atrapado alguna vez una de esas películas en las que el mundo parece terminarse de un momento a otro, justo cuando surgen héroes inesperados capaces de salvarlo todo y a todos? Sin embargo, la línea entre una buena película de catástrofe y una que termine exagerando es muy delgada.
Para que las películas de catástrofe funcionen no hace falta solo la espectacularidad y los grandes efectos especiales, también tienen que convertirse en una historia factible. Una historia que nos haga pensar que, quizás, algún día, eso pueda ocurrir, ya sea una tormenta perfecta, una ola gigantesca o la llegada de los aliens.
Sin embargo, un vicio recurrente en las películas de este estilo, es exagerar. Un ejemplo reciente de esto es el último filme de un especialista en cine catástrofe, Roland Emmerich, titulada Moonfall. La sinopsis de la película dice: “Una fuerza misteriosa golpea a la Luna fuera de su órbita y la envía en choque directo contra la Tierra a toda velocidad. Unas semanas antes del impacto con el mundo al borde de la aniquilación, la ejecutiva de la NASA y ex astronauta Jo Fowler está convencida de tener la clave para salvar nuestro planeta. Pero solo el astronauta Brian Harper y el teórico conspiranoico KC Houseman la creen. Todos juntos montarán una misión fuera de lo común”. Básicamente, la película trata acerca de la caída de nuestro satélite, la Luna, sobre la Tierra. Sin embargo, no se conforma con eso, para nada.
La caída de la Luna comienza a generar todo tipo de fenómenos, algunos explicables, como la alteración de las mareas y el ascenso de las aguas sobre las ciudades costeras, otros algo exagerados y que no terminan de entenderse, como la falta de oxígeno.
Como si esto fuera poco, “la fuerza misteriosa” es, claramente, una fuerza alienígena. Y ahí es donde la película, a todo este menjunje, le suma teorías conspiranoides que sostienen que la Luna es una megaestructura que funciona gracias a la energía de una estrella enana que esta raza superior del más allá creó.
¿Creen que eso es todo? ¡No! Finalmente (y acá va un spoiler, mil disculpas), esa “raza alienígena” es, en realidad, una raza humana superior que vivió en otra era y fue casi aniquilada y de la que el único vestigio que queda es la Luna y su funcionamiento.
¡Ufff! Agotador, ¿no creen? A todo esto le sumamos, por supuesto, escenas de súper acción con autos que parecen salidos de las películas Fast & Furious, criminales que intentan salvarse a costa de gente honesta, rascacielos que se desploman, y más.
Realmente, Moonfall es un gran ejemplo de cuándo la catástrofe se torna excesiva. La película de Emmerich cree que sumando elementos, TODOS los elementos, va a mejorar la trama de su filme, pero en lugar de eso, termina agotando al espectador que, hacia el final de la película, ya no sabe si vio un filme de ciencia ficción, de catástrofe, de Rápido y Furioso, o qué.
No siempre más es mejor. A veces, para poder contar una buena historia de catástrofe, hay que quedarse con una sola cosa: o una gran ola, o el arribo de los alienígenas, o un terremoto de dimensiones nunca antes vistas. Y ahí sí, darle rienda a la espectacularidad, pero sin perder el foco de nuestra historia.
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