No hay mejor forma de entender los horrores de la guerra que a través del cine y las series

Académicos e historiadores coinciden en que la actualidad goza de una paz envidiable. Una aseveración debatible, pero no del todo falsa si consideramos que son muy pocas las personas que han vivido una guerra. Hace algunos años estuve cerca de una; no era un conflicto como el que se vive en Europa del Este, sino las vísperas de las guerras civiles acontecidas durante la Primavera Árabe. El presente artículo, y todo el tema de la semana en Spoiler Time me hizo pensar que es buen momento para compartir la experiencia.

Todo fue un desafortunado accidente. Viajé rumbo a Túnez en enero del 2011 para cubrir la filmación de la película Black Gold (2011), pero mi emoción por conocer el país no tardaría en convertirse en una experiencia más bien surrealista. El aeropuerto estaba desolado por un toque de queda impuesto horas antes de mi llegada; el hotel al que debieron trasladarme de manera improvisada tenía puertas y ventanas encadenadas; mi señal telefónica y de internet era intermitente, mientras que los demás periodistas presentes, todos ellos europeos, estaban francamente nerviosos. Esto no evitó que la visita al set de desarrollara con relativa normalidad hasta que nos evacuaron y trasladaron a la residencia de un productor en la que había una cena programada. Las tensiones crecieron con un importante mensaje del presidente Zine el Abidine Ben Ali, las dudas sobre si podríamos regresar al hotel –recordemos, era de noche y había toque de queda– y peor aún sobre si podríamos tomar nuestros vuelos al día siguiente para regresar a casa. Se manejó la posibilidad de dormir en la enorme casa del productor en cuestión, pero al final se decidió que no tendríamos problemas en volver al sitio en el que no alojábamos. El camino de vuelta incluyó varios sitios en llamas y pequeñas multitudes con antorchas y objetos que en la oscuridad parecían ser armas largas.

A más de 10 años de distancia sigo sin asimilar el peligro en el que estuve, así como tampoco ha dejado de sorprenderme el evidente miedo de la prensa europea. Imposible olvidar a un compañero alemán que se fue a un rincón aislado durante la cena para decirse a sí mismo –pero en inglés, quizá para que a todos nos quedara claro– «ni siquiera deberíamos estar aquí». Apenas hoy, mientras pensaba en el presente texto, empiezo a bajarme línea.

Una de las pocas fotografías que pude tomar en Túnez. Lo siento, tengo una obsesión con el Cara de papa.

Crecí toda mi vida en México, un país con muchos problemas, pero que acumula más de un siglo desde su último gran conflicto internacional o nacional -admitámoslo, nuestra participación en la Segunda Guerra Mundial fue mínima y muy lejos de nuestras fronteras. No es el caso de Europa, cuyos habitantes han escuchado toda clase de relatos en primera persona sobre guerras mundiales o civiles, o Estados Unidos saturada de veteranos aquejados por sus vivencias militares, ni qué decir de Medio Oriente, Europa del Este y África, tan golpeados por incontables conflictos.

Tal vez mi experiencia sea difícil de entender para quien no la vivió, del mismo modo en que yo no puedo entender lo que padecen los ciudadanos de Ucrania en este momento. Para todos nosotros, sólo nos queda acudir a otras fuentes. Los libros de historia y los museos son indispensables para conocer las bases, mientras que los medios noticiosos abordan los hechos en tiempo real. No menos importante ha sido la labor del cine y las series, que se han convertido en elementos clave para conocer, no sólo los orígenes de los enfrentamientos, sino los horrores padecidos en carne propia por tantos soldados y civiles a través del tiempo. Son, además, los canales más asequibles para que estos demonios no se olviden y con ello, para que algún día concretemos el largamente anhelado objetivo de exorcizarlos para siempre.

El horror de la guerra desde la pantalla

El ser humano posee una naturaleza compleja. Es una especie capaz de las acciones más infames, pero también de las más nobles. También es capaz de manifestar su amplísima gama emociones, la alegría, la tristeza y el dolor, por nombrar algunas, de todas las formas posibles. Todas son correctas. Esta misma diversidad se ha vivido en las incontables guerras a través del tiempo. Asimismo, se ha visto representada por una industria audiovisual que ha abordado el belicismo desde las visiones más radicalmente opuestas. La cruda, la humorista, la esperanzadora…

Ninguna es superior a la otra. Y es que es un hecho que las perturbadoras imágenes de Ven y mira (1985) son imposibles de borrar. No por nada es considerada la cinta bélica más brutal de en toda la historia del celuloide. Pero esto no le resta mérito a la igual de inolvidable –y muy divertida, además– El gran dictador (1940), enaltecida además por la célebre disertación de Charles Chaplin: «Luchemos para liberar al mundo, para acabar con las barreras nacionales, para acabar con la codicia, el odio y la intolerancia. Luchemos por un mundo de razón, un mundo donde la ciencia y el progreso conduzcan a la felicidad de todos los hombres». Ni qué decir de La lista de Schindler (1993), que en los últimos años ha sido señalada por su excesivo idealismo como si de una debilidad se tratara, cuando esa es precisamente su mayor virtud: demostrar que el bien puede prevalecer por encima de las banderas, los intereses y sobre todo la maldad.

Las miradas también varían según el frente. No nos referimos a los bandos, sino a los protagonistas. Primero, con las miradas de tantísimos inocentes que, sin distinción de nacionalidad, se ven inmersos en estos acontecimientos. Dolorosas e interminables, ya que cada año salen a la pantalla más y más historias que dejan claro los horrores de la guerra. Visiones de sociedades temerosas de una potencial ocupación como Horas de angustia (1942) o en franco conflicto con las decisiones de sus mandatarios como Roma, ciudad abierta (1945). De romances interrumpidos como Cuando pasan las grullas (1957) o incluso Expiación, deseo y pecado (2007). De vidas destruidas como El pianista (2002) o El hijo de Saúl (2015), y con mención aparte para La tumba de las luciérnagas (1988), quizá la más dolorosa revisión de la guerra oriental desde la mirada de dos pequeños que enfrentan el peor de los infiernos en soledad. En el terreno animado, igual de crudo es el desenlace de Education for Death (1943), cortometraje de Walt Disney que abordó la propaganda nazi y mostró el destino de tantos niños y jóvenes que eran, tal y como sugiere el título, educados para la muerte.

Si de inocentes se trata, no nos olvidemos de Caballo de guerra (2011). Porque aunque a veces nos olvidamos de ellos, los animales también padecen estas pesadillas. Su historia, como tantas otras, se inspira en hechos reales. Así lo asegura el autor de la novela, Michael Morpurgo, al explicar que tomó la idea de conversaciones con veteranos de la Gran Guerra que incapaces de manifestar sus temores ante sus compañeros, recurrían a sus equinos como apoyo moral. Se estima que más de ocho millones de caballos, burros y equinos murieron en el conflicto armado, muchos en combate, pero también como consecuencia de las condiciones extremas que enfrentaban.

La imagen del soldado como una simple máquina de matar puede funcionar en algunos casos aislados, pero poco tiene que hacer ante el reflejo de tantos jóvenes idealistas que impactan brutalmente con la realidad. El ejemplo por excelencia es Sin novedad en el frente (1930) con Paul Baumer (Lew Ayres) asegurando que “puede pensarse que es hermoso morir por tu país. El primer bombardeo nos enseñó mejor. Cuando se trata de morir por la patria, es mejor no morir en absoluto”. El primer proyecto en ofrecer este tipo de reflexiones, aunque para nada el último. Ahí están La gran ilusión (1937), La delgada línea roja (1998), Rescatando al soldado Ryan (1998), Band of Brothers (2001), Dunkerque (2017)… incluso La caída (2004), porque la historia también debe contarse desde el lado de los perdedores.

Perdedores. Una palabra relativa, pues ¿realmente podemos decir que hay un ganador en la guerra? La imagen de los soldados dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias como los vistos en El gran escape (1963) o Bastardos sin gloria (2009) son estimulantes, pero poco realistas en comparación con la del soldado marcado de por vida. Una imagen que se popularizó con el cine de Vietnam, para muchos tardío, aunque no por ello menos decisivo como demostraran El francotirador (1978) y Nacido el cuatro de julio (1989). Este mismo enfoque fue heredado en pleno siglo XXI por tantas películas que han criticado abiertamente la Guerra contra el terror como Zona de miedo (2009), Francotirador (2014) o Billy Lynn’s Long Halftime Walk (2016).

Más curioso aún es que las lecciones no se limitan al bélico o al dramático, sino que se extienden por una parte importante de toda la industria. De manera directa, indirecta o con simples reflexiones del público. Ahí está el drama histórico con Cruzada (2005), que ironizara sobre George W. Bush emprendiendo su propia “cruzada” –no es broma, el término fue empleado por el mandatario – durante su Guerra contra el terror. O 300 (2006) que despertó toda clase de comparativos entre el mismo Bush y Jerjes, aun cuando Zack Snyder reiteró hasta el cansancio que la cinta no pretendía enviar ningún mensaje político. Ni qué decir de la ciencia ficción con Starship Troopers (1997), una de las más brillantes sátiras del fascismo militar que se mofa de las técnicas propagandísticas y el nacionalismo exacerbado de las juventudes. Tampoco nos olvidemos de las grandes épicas como El Señor de los Anillos y Star Wars, las bases de la primera están relacionadas con la lucha contra el nazismo, mientras que la segunda arrojó duras críticas a la política estadounidense con ese “aplauso atronador” con el que “muere la libertad” durante La venganza de los Sith (2005).

Sólo los muertos han visto el final de la guerra”, aseguraba el filósofo y ensayista hispanoamericano George Santayana. Una premisa que no está exenta de razón, pues si hay algo que ha caracterizado la historia la civilización, si es que siquiera podemos llamarla así, es el eterno conflicto. La más escalofriante prueba de ello viene de la iniciativa A Year Without War, en la que se concluye que de los últimos 3,421 años, solo 268 han estado libres de enfrentamientos el mundo. ¡Apenas un miserable 7.8% del tiempo en cuestión! Los distintos esfuerzos por cambiar el panorama desde la perspectiva política han resultado inútiles: la Liga de las Naciones fracasó en su momento, la Organización de las Naciones Unidas tiende a ser inoperante en tiempos de crisis y sólo nos queda cruzar los dedos para que nadie presione el temido botón rojo que marque el final de nuestra historia.

Mirar a la pantalla puede parecer poca cosa, pero ésta ha resultado la mejor aliada para entender los monstruos que acechan en cada nuevo combate, y por qué no, para soñar con la llegada de la tan anhelada paz. Una palabra que hoy resulta especialmente difícil de escribir y que parece sucumbir ante el eco del coronel Walter E. Kurtz (Marlon Brando) en Apocalipsis ahora (1979): el horror… el horror. Ojalá que este permanezca solo en la pantalla.

Spoiler Show #11