Lo que tenía The Texas Chainsaw Massacre de Tobe Hooper (1974) fue que supo ocupar perfectamente sus pocos recursos para poder, efectivamente, establecer una atmósfera que colocara al espectador en una sensación de aprehensión urgente de correr de ahí sin siquiera haber empezado la película. Desde la narración inicial de John Larroquete que advierte que todo esta basado en un hecho real (estrategia publicitaria), la evocación de que el más puro terror va suceder siempre está presente. Ya han pasado casi 50 años desde que Tobe Hooper dirigió esa mezcla rara entre el cine de explotación y el slasher (más lo primero que lo segundo).
Texas Chainsaw Massacre, con una historia de Fede Álvarez y dirigida por David Blue García, es una secuela directa (como se está acostumbrando en este tiempo) de la versión de 1974.
Ahora se relata la historia de un grupo de instagramers pacifistas que ven en el pueblo de Harlow un excelente lugar para comprar una casa vintage y vivir por medio de la formación de una pequeña sociedad sustentable. Casualmente es el pueblo donde vive Leatherface y por alguna razón lo hacen enojar.
Primero que nada, tengo que dar un preámbulo sobre el cine de explotación, subgénero del cual esta historia originalmente se debe de nutrir, y que no tiene para nada sus bases en lo políticamente correcto. Se alimentaba de todo lo que hoy en día se está cancelando en las redes sociales pero también en la sociedad en general: violencia por violencia, sexualización de la mujer, morbo exacerbado y la lista podría seguir… Por eso se llama cine de explotación: atacaba la más cruda y oscura curiosidad del ser humano, en todos sentidos. Un ejemplo más claro puede ser Holocausto Caníbal de Ruggero Deodato (1980). Por lo tanto, una película de la naturaleza original con la que Hooper la hizo hoy no sobreviviría. Netflix nunca hubiera realizado un proyecto así. Partiendo desde este punto ya vamos perdiendo forma, fondo y contexto. Por consecuencia, no puede haber personajes con un contexto relevante y ni se diga interesante o siquiera divertido.
Si bien la película tiene detalles relevantes como su exceso de sangre digital, una escena de asesinatos casi admirable y una duración realmente corta (apenas 80 minutos) no emociona, ni siquiera pone nervioso al espectador.
Fede Álvarez perdió la brújula de los elementos que forman al subgénero del cual trata de hacer un homenaje: aunque se enfoca en ser más un slasher, no lo logra. Sabemos que los personajes de este estilo no se caracterizan por ser los más inteligentes, pero lo escrito por Álvarez nunca coquetea con un mínimo de sentido común: son huecos, sin sentido y solo sirven para poder servir de retazo para Leatherface. Tampoco tienen un párrafo de contexto personal ni profundidad para que el espectador se enganche y tenga un poco de preocupación por ellos, todo lo contrario: son actualmente odiosos e insoportables.
Texas Chainsaw Massacre es una historia que deja de lado su propio origen en el subgénero para adoptar una serie de sinsentidos que solo logran irritar al espectador con personajes que ni siquiera están mal escritos, porque no hay personajes contextualizados. ¿Si hay sangre? La hay. Y punto.