Hay películas que te remontan, sin querer, a memorias que no son tuyas y de inmediato puedes escabullirte dentro de los recuerdos ajenos de quien las escribió, ya sean ficcionados o no. Este viaje siempre resulta fructífero, crear un vínculo con tus propios recuerdos, cuando la mente del espectador encuentra esos ganchos con sus propias vivencias. Los mismos amigos, la interacción, la música que escuchas, los problemas, etcétera. De inmediato la historia que estas viendo te atrapa y conquista.
Dante es un adolescente que tiene a su hermano mayor en estado vegetal, el padre los
abandonó al recibir una plaza en otra ciudad y su madre es una gran vendedora de
zapatos, tan exitosa que alcanzó ya el nivel diamante. Aún así, él siente que debe de ser
rebelde y se comporta como tal. Escucha música que acompaña su estado de ánimo
permanente y también tiene una banda, donde él es el guitarrista y ha logrado que su
banda favorita los considere para abrir su próximo concierto dentro de su ciudad. Solo
tienen 8 días para escoger las canciones y ensayar. Durante ese tiempo deberán
perfeccionar su técnica y no enamorarse de la novia de su hermano vegetal, tampoco
perder a su vocalista principal y pelearse por diferencias creativas… todo un reto en la
adolescencia.
Sebastián Padilla Padilla, en su primer largometraje Muerte al verano (2019) logra un efecto nostalgia reconstruyendo una época que se puede reconocer por el magnífico diseño de arte sin revelarte el año específico. Este elemento la hace atemporal y hermosa, pero al mismo tiempo establece una identificación inmediata con la realidad de quien la observa y aprecia. Esta cualidad no se encuentra de manera frecuente dentro del cine nacional.
Este mismo efecto lo contienen dos películas mexicanas recientes que obtuvieron éxito nacional e internacional: Esto no es Berlín (2019) de Hari Sama y Ya no estoy aquí (2019) de Fernando Frías de la Parra. Ambas producciones pudieron tocar esas notas estilísticas que pocas veces los directores mexicanos intentan alcanzar: recrear una época sin poderla ubicar del todo para no ser encasillada ahí, sino abarcar un mercado mucho más amplio por medio de las memorias colectivas y atacar a la nostalgia que está tanto de moda. Coincidentemente, estas tres producciones están filmadas en el mismo año, pero estrenadas con amplios espacios entre ellas.
El punto es que hay una musa que está llevando a nóveles directores a que sus óperas
primas estén permeadas de esa nostalgia que nos lleva a tiempos que no sabíamos eran
de tanta felicidad y buenos recuerdos, incluso cuando la violencia social y los desacuerdos políticos estuvieran detrás como un paisaje oscuro, manchando las memorias con sangre por medio de tanta muerte, peleas innecesarias con el narcotráfico acompañadas de desapariciones y peleas por territorios. Sí, la sangre logró salpicar las ideas, las historias de amor, el crecimiento de millones de adolescentes que dieron su primer beso con las noticias de colgados como fondo. Sin embargo, muchos hicieron oídos sordos, crecieron con la idea de algún día exorcizar esos recuerdos por medio de la música, el arte o, en este caso, el cine.
Pero...
Aunque la película logra conectar con el espectador, algunas situaciones resultan muy convenientes para los personajes, lo que te puede sacar un poco de la realidad que plantea.
En resumen
Muerte al verano es una buena película mexicana que representa una realidad que muchas películas mexicanas ni siquiera se preocupan por retratar. Eso es refrescante y siempre se agradece.
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