Uno de los aspectos más fascinantes de la época actual es la volubilidad de la palabra progreso. En lo que refiere al cine, esta evolución se nota en aquellas historias que el público demanda y los personajes que ahora son los protagonistas de estas ficciones. Hace tan sólo unos meses, por ejemplo, tanto la crítica como el público celebraban el éxito de Roma (2018) y la visibilidad que su protagonista, Yalitza Aparicio, había otorgado a mujeres que antes pasaban desapercibidas en la pantalla grande. Meses después, con el estreno de La camarista (2018), cinta dirigida y coescrita por Lila Avilés,Roma ahora se antoja como una reliquia del pasado cuyo acercamiento del trabajo doméstico –y por ende de la opresión– resulta muy idealizado.
En La camarista, a diferencia de Roma, la pobreza no es sinónimo de glamur. De hecho, el personaje interpretado por una sensacional Gabriela Cartol, está despojado de cualquier máscara que el cine pudo haberle otorgado. La cinta sigue a Eve (Cartol) en el poco esplendor que tiene su cotidianidad, lo cual es un arma de dos filos: por un lado, esto hace de La camarista una historia que retrata la cruda realidad de estos empleos y aquellas personas que los llevan a cabo; pero por otro, esta cotidianidad a veces lleva a una tediosa narrativa que da la impresión de no tener algo particularmente novedoso que decir sobre su protagonista o sobre las demandas laborales que ella vive.
En la película, Eve es una camarista de veinticuatro años que sueña con trabajar en el piso 42 del hotel donde se encuentra. Todos los días, además de cumplir con su habitual rutina, Eve visita al ama de llaves para preguntarle por un vestido rojo que algún huésped olvidó y que podría pertenecerle si este no es reclamado. Conforme avanza la historia, Eve experimenta una frustración con su entorno, la cual la atrapa en un sinfín de tareas que parece no llevarla a ningún lado. Sin embargo, gracias a las clases para adultos que toma durante las mañanas y a algunas interacciones con sus compañeros de trabajo, Eve comienza a descubrir una nueva cara de sí misma que podría –o no– llevarla a conseguir sus metas.
Existe una línea muy delgada entre esclarecer una imagen y llevarla al lugar que le corresponde y despojarla por completo de cualquier significado. Como La camarista sugiere, no hay nada idílico en ser invisible, pero también es un esfuerzo futil recrear este olvido al pie de la letra. El día a día de Eve puede parecer revelador para el espectador que vive en una burbuja (tal y como lo hacen aquellos huéspedes con los que Eve interactúa), pero para una sociedad como la nuestra, donde la clase trabajadora conforma la mayor parte de la población, las reflexiones de La camarista no aportan nada nuevo a la conversación. Cabe anotar que a pesar de que estas reflexiones están enmarcadas en la cinta de formas sutiles e inteligentes, las preguntas por sí mismas son meditaciones genéricas sobre las diferencias entre clases, los anhelos de la clase trabajadora dentro de una sociedad que rara vez la gratifica y la inmensa soledad que se vive en sus espacios de trabajo a causa de esta lucha.
No obstante, cuando La camarista por fin se olvida de esas tomas largas donde la acción es estéril, la película logra conectar con el espectador de manera sustancial. Gracias a la perfecta interpretación de Gabriela Cartol, uno siente el rango de emociones que existe dentro de Eve: desde la decepción que experimenta cuando las promesas que le hicieron no se cumplen hasta la sincera curiosidad que demuestra por su entorno durante gran parte de la cinta. Cartol es el ancla del proyecto y la principal razón por la que la película nunca pierde su atractivo, incluso en los momentos más monótonos.
A pesar de que no siempre resultan fascinantes, la cámara y dirección de Lila Avilés (en su ópera prima) muestran una evidente empatía por su personaje principal y el trabajo técnico de la película es un argumento sólido en favor de la lucha que exige más voces femeninas en la industria del cine. Al igual que Cartol, Avilés tiene un futuro prometedor y una mirada única en la industria del cine en México. Su uso de la cámara dentro del hotel es asombroso, ya que transmite la claustrofobia que vive su personaje tanto en el interior como en su espacio físico.
Aunque no es perfecto, el debut cinematográfico de Lila Avilés definitivamente provocará distintas conversaciones en los próximos meses. Gracias al abundante simbolismo que maneja, La camarista es una película que invita al espectador a llenar los espacios en blanco que deja la historia, así como a reflexionar sobre los distintos temas que sugiere. Y aunque las reflexiones probablemente no serán tan revolucionarias como muchos imaginan, La camarista posee nobles intenciones que no deberían pasar desapercibidas para la audiencia mexicana.
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