El largometraje más personal de Almodóvar

antonio banderas dolor y gloria

Con más de 20 filmes en su carrera como director, Pedro Almodóvar es uno de los cineastas más conocidos alrededor del mundo. Sin embargo, es en Dolor y Gloria (2019) que por fin podemos conocer un poco más de la intimidad del artista, el cual hizo un largometraje que si bien no es una autobiografía, definitivamente es el proyecto más personal de toda su carrera. Ayudado por la perfecta actuación protagónica de su amigo y colaborador Antonio Banderas (La piel que habito), así como de algunos de sus actores y actrices favoritos –Penélope Cruz (Volver) y Julieta Serrano (Mujeres al borde de un ataque de nervios), por ejemplo–, Almodóvar crea una ficción que resalta por la sinceridad de sus emociones, así como por el uso tan sencillo de los recursos con los que el director usualmente satura sus películas.

En Dolor y Gloria aún están presentes los colores y los sets que son imposibles de ignorar así como la premisa que sustenta la mayor parte de los filmes de Almodóvar: aquella del personaje que busca su redención mientras resuelve asuntos inconclusos del pasado. Sin embargo, aquí todo es más sutil y menos melodramático que en anteriores ocasiones y pareciera que al igual que su personaje principal, Almodóvar se muestra cansado de los artificios y, por ende, toma la decisión más lógica posible para suavizarlos: contar una historia que ve al pasado no como un secreto sino como la respuesta a todas las incógnitas.

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Antonio Banderas interpreta a Salvador Mallo, un director español (con el mismo corte de cabello que Almodóvar) que está plagado de enfermedades y cuya gloria ha quedado en el pasado. Salvador sólo vuelve a pensar en el cine gracias a una invitación que le hacen para presentar su película titulada Sabor al lado de su protagonista, Alberto Crespo (Asier Etxeandia). No obstante, él tendrá que limar asperezas con Alberto antes de dar una respuesta y es a través de este acercamiento que Salvador tiene la oportunidad de pasar tiempo con sus recuerdos. Una vez que ya es adicto a la heroína y a sus efectos para reducir el dolor en su cuerpo, Salvador también se reúne con Federico (Leonardo Sbaraglia), un amor del pasado que lo visita inesperadamente y que eventualmente también lo lleva a su niñez y al tiempo que pasó al lado de su madre, Jacinta Mallo (Penélope Cruz y Julieta Serrano).

En términos de estructura, la cinta juega con las expectativas del público, quien en un principio puede encontrar a la historia como una división de tres tramas secundarias distintas: aquella que concierne a Alberto (Etxeandia); aquella que reúne a Salvador (Banderas) con Federico (Sbaraglia) y, finalmente, los flashbacks que la cinta hace a la niñez del realizador, así como a los últimos momentos que pasó con su madre, Jacinta (Serrano). Sin dar spoilers, las tres subtramas encuentran un sentido y un punto de encuentro muy inteligente en los últimos segundos de la película, donde Almodóvar hace uso de su ingenio y su habilidad para escribir vueltas de tuerca para entregar un final que más allá de querer sorprender, tiene un propósito más nostálgico y melancólico.

Antonio Banderas entrega una de las mejores actuaciones de su carrera al personificar a Salvador Mallo (una especie de Almodóvar ficticio). Banderas interpreta a este director español con una emoción contenida que se deja entrever en los sutiles gestos del personaje y en los diálogos que sugieren una vida de constantes pérdidas para el protagonista. Las interacciones que Banderas mantiene con Sbaraglia y Serrano son lo más memorable de la cinta, así como la regresión que hace al momento de su despertar sexual, el cual ocurre con la ayuda de un joven albañil llamado Eduardo (César Vicente).

Aquí están presentes todos los elementos que un fan de Almodóvar quiere ver en sus películas, pero desde Julieta (2016) –y todavía más notable en Dolor y Gloria–, pareciera que el director ha refinado sus excesos y por fin los ha convertido en herramientas que tiene a su disposición y no en elementos que a veces eclipsaban al resto de sus historia. Cabe anotar, por ejemplo, que Dolor y gloria tiene probablemente la escena más sensual de este año y que ocurre cuando el pequeño Salvador (Asier Flores) ve desnudo a Eduardo (Vicente) mientras este se baña. En otra cinta del director, esta escena sería gratuita y sólo serviría para demostrar el gran manejo que tiene Almodóvar para encuadrar a sus personajes (así como para otorgarle un poco de atractivo visual al espectador); sin embargo, en Dolor y Gloria, la escena es sumamente emotiva por el contexto en el que ocurre y por la explicación satisfactoria que da de una de las muchas piezas que conforman la personalidad de Salvador.

Por los temas que el filme trata, algunos podrían pensar que esta es una despedida por parte de Almodóvar. Y aunque vista dentro del contexto de su filmografía Dolor y Gloria sugiere una pausa, esta cinta también se puede entender como una muestra de lo mucho que ha madurado el realizador en su arte. Al igual que Salvador Mallo, quizá Almodóvar necesitaba hacer una tregua con el pasado para así iniciar una nueva etapa en su cine; una etapa que si sigue la línea de esta película, definitivamente será la más gloriosa de toda su carrera.

Spoiler Show #11