La segunda temporada del fenómeno juvenil de Netflix tuvo su estreno hace menos de una semana y ya se ha convertido en todo un furor que genera intensos debates en todas las redes sociales. La continuidad de la historia prometía transportarnos a través del arduo camino de la justicia por la muerte de Hannah Baker, aquella adolescente de 17 años víctima de acoso escolar y violencia de género. Durante el recorrido, otros relatos vieron la luz y descubrimos que el caso de Hannah apenas constituía una pieza de algo mucho más grande: un entramado de violencia sexual normalizado y perpetuado en el tiempo gracias a la denominada “cultura de la violación”.
La serie juega con la teoría de las malas víctimas


Como toda institución inserta dentro de este sistema machista y patriarcal, sabemos que el colegio no es ajeno a las desigualdades de género y allí también la violencia contra la mujer es naturalizada diariamente. La estigmatización y la negligencia de las autoridades educativas fueron determinantes para que en la primera temporada Hannah se viera encerrada en un callejón sin salida luego de haber sufrido una violación por parte de Bryce Walker, el estudiante más popular del colegio.

En esta nueva entrega, vemos como Jessica Davis, la otra víctima del deportista, intenta hacerle frente a la situación y regresar al colegio. Ella debe lidiar día a día no solo con el hecho traumático de cruzarse a su violador en todos los pasillos, sino también con las miradas y el dedo acusador de sus compañeros. Luego de haber sido testigo de la difamación de Hannah en el juicio contra el colegio, la joven teme denunciar a Bryce y que los poderosos abogados de éste y la prensa traten de ensuciar su reputación a toda costa.
Jessica lleva ademas la carga de sentir que no es una “buena víctima” para el sistema, porque es mujer, negra y porque en el momento de la violación estaba alcoholizada. Lo vivió cuando intentó hacer la denuncia en la comisaria y, por supuesto, no quiere volver a pasar por la misma experiencia. Lo cierto es que ni Hannah ni Jessica ni ninguna chica que se anime a denunciar violencia de género es una buena víctima. Siempre va a existir una “pollera demasiado corta”, un elemento justificativo para que el sistema continúe apañando a sus hijos sanos del patriarcado.

Las cosas se ponen aún más oscuras en el Liberty High School cuando los amigos de la fallecida Hannah descubren una especie de logia secreta donde los deportistas abusan de otras estudiantes una vez que éstas se encuentran inconscientes por el efecto de las drogas. Bautizado como “El Club”, este cuarto oculto dentro del establecimiento se maneja con los mismos códigos que una secta, solo los deportistas saben de su existencia y ellos son los únicos que pueden hacer ingresar a alguien. El líder del equipo, Bryce, es quien se encarga de recopilar fotos polaroid de todas las mujeres víctimas que caen en la trampa. Una modalidad que en Estados Unidos también ha sido muy denunciada dentro de las fraternidades de las universidades más reconocidas como Yale o Harvard.

A último momento, y sabiendo que Bryce iba a lograr salir impune del caso de Hannah, Jessica toma valentía y decide radicar la denuncia acompañada de sus padres y con el apoyo de sus amigos. Pero, nuevamente, el joven violador consigue salir ventajoso gracias a su posición social, siendo condenado a una pena nefasta de tres meses de libertad condicional. Otra vez, la serie vuelve a reflejar a la perfección la cruda e injusta realidad de un sistema judicial descompuesto.

El cuestionamiento constante hacia las víctimas es solo una de las muchas expresiones del patriarcado que busca a través de sus instituciones y de forma sistemática, perpetuar la desigualdad de género y la objetivización de la mujer. Si algo deja bien en claro 13 Reasons Why, es que este es el momento del cambio, de desmantelar todas aquellas prácticas sociales que creíamos naturales. Solo la toma de conciencia y la unión colectiva permitirán construir una sociedad nueva, equitativa y libre de violencia machista.