Están rodeados: nunca está de más ver un buen policial negro británico como este

Reino Unido, en la actualidad, una sociedad donde todos están involucrados con inmigrantes. Algunos son legales; la mayoría, ingresados por debajo de la alfombra. Todos humanos, todos buscando un mejor vivir.

Más allá de esta descripción de flyer, se puede decir que la serie Collateral aborda la problemática del alien sin caer en enrostrarnos el estilo de vida occidental que tenemos.

Collateral

El drama, en realidad, se centra en un asesinato y su posterior investigación. Vemos personajes que son rozados por el hecho, de diferente manera, cada uno reaccionando como puede o -mejor puesto- sabe.

Lo principal a decirles, para diferenciar este show de otros policiales negros británicos, es que la detective que investiga no ve muertos, no cree ver espíritus, no es borracha, ni pasa por una crisis familiar… ¡¡¡Toda una novedad!!!

Ah, perdón, sí, está muy embarazada…

En los exiguos 4 episodios que la componen, Collateral nos muestra una sociedad fragmentada en sus creencias humanas: nos exhibe el costado militar, el de la explotación laboral, el del tráfico de estupefacientes y personas; el eclesiástico, el sexual, el familiar, el policial y el político. Todo, todo, salpicado por el tema del drama humano al trasladarse de un lugar del mundo a otro.

Parece mucho, pero no, no se asusten.

Las actuaciones no dejan lugar a dudas, son directas y simples. Repasemos.

La protagonista es la siempre gestualmente tranquila Carey Mulligan. Su personificación de Kip Glaspie es de una persona que, como todo o casi todo lo británico, no demuestra mayor sentimiento: principalmente, no grita, no gesticula, sus silencios comunican, con esos ojos cansados que tiene como trademark y que parecen estar tragándose lo que piensa, peleando contra todo (sí, todo) su entorno para seguir adelante con la investigación. Su historia, más allá del embarazo, es que era una atleta olímpica británica con un final de carrera bochornoso, que le sirve para romper el hielo con sus entrevistados.

Luego, están los involucrados con la ocurrencia del crimen: la genial Nicola Walker (de River), como Jane Oliver, una religiosa cristiana, lesbiana, de novia con una inmigrante ilegal china; John Simm personificando a David Mars, un diputado menor de los laboristas, tironeado por una exesposa de cercano oriente; su hija, una novia periodista y la crisis de su partido político, haciendo un malabarismo imperfecto entre todos, sin saber si saldrá cuerdo; sin olvidarnos de Sandrine Shaw (Jeany Spark), una capitana del ejército a la que se le han muerto su padre y hermano en combate y sufre el fallecimiento de su mejor amiga al explotarle delante suyo en una incursión, para luego encontrarse totalmente abandonada y huérfana, tanto por la organización militar (que abusa de ella) como por su madre, lo que la deja a merced de manipulaciones emocionales muy profundas.

Nuevamente: son solo 4 episodios, y reforzamos diciendo que son intensos, con comienzos muy divertidos (¿ironía británica?). Sabemos desde el vamos la identidad del criminal, no es -tampoco- la idea de la miniserie, llevarnos por ese suspenso.

Hay una muestra muy escueta, pero firme de lo intrincada y compleja que es la sociedad británica, con su cáscara de zona residencial de clase media. Lo interesante, es que es extrapolable al resto del mundo. En ese mismo sentido, se nos deja con la pregunta ¿Nos hemos convertido en una pequeña y amarga raza?

Spoiler Show #11